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Por qué se lesionan los niños

Todas las lesiones infantiles implican la combinación de tres elementos: factores relacionados con el niño, el objeto que provoca la lesión y el entorno en que tiene lugar. Para garantizar la seguridad de su hijo o hija, hay que tener en cuenta todos esos factores.

Empecemos por el niño. La edad que tenga influirá notablemente sobre el tipo de protección que necesita. Un bebé de tres meses sentado en su asiento de seguridad necesita una supervisión bien distinta a la que requiere un niño de 10 meses que acaba de aprender a ponerse de pie o un preescolar que se encarama en todas partes. Por lo tanto, en cada nueva etapa de la vida de su hijo usted deberá replantearse cuáles son los peligros que amenazan su integridad física y qué puede hacer para eliminarlos. A medida que su hijo crezca, usted deberá preguntarse repetidamente: ¿Cuánto puede alejarse y con qué velocidad se desplaza? ¿Hasta qué altura llega? ¿Qué objetos le llaman más la atención? ¿Qué puede hacer hoy que era incapaz de hacer ayer? ¿Qué podrá hacer mañana que hoy todavía no puede hacer?

Durante los primeros seis meses de la vida de un niño, se puede garantizar su seguridad simplemente no dejándolo nunca solo en situaciones potencialmente peligrosas. Pero, en cuanto aprenda a desplazarse, él mismo se encargará de buscarse sus propios peligros, primero "rodando" hasta el extremo de la cama, después arrastrándose hasta lugares donde no debería estar y más adelante buscando activamente nuevas cosas que tocar y probar.

Cuando su hijo empiece a tener cierta independencia de movimientos, con seguridad usted le dirá "No", cada vez que se acerque a algo potencialmente peligroso, pero es muy probable que no entienda el significado de su mensaje. Muchos padres encuentran extremadamente frustrante la etapa comprendida entre los seis y los dieciocho meses, puesto que a esta edad los niños no parecen captar las advertencias. Aunque usted le diga veinte veces al día que no se acerque al inodoro, en cuanto le dé la espalda, volverá allí. De todos modos, usted debe tener en cuenta que a esta edad su hijo no le desobedece para fastidiarle. Simplemente su memoria todavía no es lo suficientemente madura como para que la próxima vez que se sienta atraído por el objeto o la actividad prohibida pueda recordar sus advertencias. Lo que parece terquedad no es más que una manifestación de la curiosidad de su hijo por poner a prueba la realidad una y otra vez, la forma normal de aprender que tienen los niños de esta edad.

El segundo año también es muy peligroso para un niño porque sus habilidades físicas exceden con creces su capacidad para entender las consecuencias de sus acciones. Aunque el sentido común de su hijo aumentará, ni su capacidad para anticipar el peligro ni su autocontrol estarán todavía lo suficientemente desarrollados como para hacerlo detener cuando tenga entre manos algo que le interesa. En este sentido, hasta las cosas que no pueda ver le llamarán la atención, por lo que su curiosidad le llevará a abrir la puerta del congelador, el botiquín o el armario que hay debajo del fregadero, para tocar cosas y quizás para probarlas.

Los niños pequeños son excelentes imitadores, por lo que es muy fácil que intenten tomarse la medicina como hace mamá, o jugar con la navaja de afeitar como hace papá. Lamentablemente, su noción de la relación causa-efecto no está tan desarrollada como sus habilidades motoras. Sí: su hijo puede darse cuenta de que la plancha se le ha caído en la cabeza y le ha hecho daño porque ha estirado del cable después de que esto ocurra, pero su capacidad para anticipar consecuencias todavía está a muchos meses de distancia.

Progresivamente, entre los dos y los cuatro años, su hijo irá adquiriendo un mayor sentido de sí mismo como una persona capaz de conseguir que ocurran cosas. Por ejemplo, aprieta el interruptor y se enciende la luz. Aunque esta forma de pensar, a la larga, le permitirá evitar situaciones peligrosas, a esta edad estará tan centrado en sí mismo que sólo será capaz de ver la parte de la acción que le competa a él. Un niño de dos años al que se le escapa la pelota al centro de la calle sólo pensará en recuperarla, no en el peligro potencial de que lo atropelle un auto.

El peligro que entraña esta forma de pensar es evidente. Si, a esto se suma lo que los expertos denominan "pensamiento mágico", consistente en creer que los propios deseos y expectativas controlan todo lo que ocurre en el mundo, los riesgos se multiplican. Un niño de cuatro años, por ejemplo, puede encender un fósforo porque quiere "recrear" la fogata que vio por televisión la noche anterior. Probablemente no se le ocurrirá que puede provocar un incendio, pero, en el caso de que lo hiciera, él descartaría esa posibilidad porque esa no es su idea de lo que debe ocurrir.

Este tipo de pensamiento, mágico y centrado en sí mismo, es completamente normal a esta edad. Precisamente por eso debe estar doblemente pendiente de la seguridad de su hijo hasta que supere esta etapa. Usted no puede asumir que su hijo de dos a cuatro años entiende que sus acciones pueden tener consecuencias negativas para él o para otras personas. Por ejemplo, puede tirarle arena a un compañero de juegos en parte para que el otro se lo pase bien y en parte porque él quiere divertirse. Así mismo, le costará bastante entender que su compañero no lo encuentre divertido.

Por todos estos motivos, usted debe establecer y hacer respetar consistentemente una serie de normas relacionadas con la seguridad durante la etapa preescolar. Explique el motivo que hay detrás de cada norma: "No puedes tirar piedras porque lastimarías a tus amigos", "No te salgas de la acera porque te podría atropellar un auto". Pero no espere que estas razones persuadan a su hijo. Repita la norma en voz alta cada vez que su hijo esté a punto de saltársela, hasta que entienda que los comportamientos que amenazan su seguridad siempre serán inaceptables. Para recordar las normas de seguridad más básicas la mayoría de los niños necesitan que cada norma se les repita varias veces. Por lo tanto, tenga paciencia.

La personalidad de su hijo o hija también lo hará más o menos vulnerable. Las investigaciones médicas demuestran que los niños que son muy activos y extremadamente curiosos son los que más se lesionan. En ciertas etapas de desarrollo es bastante probable que su hijo/a sea testarudo y agresivo, no se pueda concentrar y se frustre con facilidad, características, todas ellas, que propician las lesiones. Por lo tanto, si se percata de que su hijo está teniendo un mal día o está atravesando una fase especialmente difícil, esté pendiente: es precisamente en estos momentos cuando es más probable que se salte las normas de seguridad, incluso las que habitualmente suele respetar.

Puesto que usted no puede modificar la edad que tiene su hijo, y puede influir muy poco sobre su temperamento, la mayor parte de sus esfuerzos para evitar lesiones deberán centrarse en los objetos y el entorno donde se mueva el niño. Al crear un ambiente del que se eliminen los peligros potenciales más importantes, usted podrá darle a su hijo la libertad que necesita para explorar.

Algunos padres creen que no hace falta poner la casa "a prueba de niños" porque no piensan quitarle la vista de encima a su hijo. Y, de hecho, con una vigilancia constante, la mayoría de las lesiones se pueden evitar. Pero ni el padre más cuidadoso del mundo puede estar encima de su hijo constantemente. La mayoría de las lesiones no ocurren cuando los padres están en su mejor momento y pendientes del niño, sino cuando están bajo estrés. Las siguientes situaciones son las que se asocian más frecuentemente con percances caseros:

  • Hambre y cansancio (es decir, aproximadamente una hora antes de la comida).
  • Embarazo de la madre.
  • Enfermedad o muerte en la familia.
  • Cambio de niñera.
  • Tensión entre los padres.
  • Cambios en la rutina diaria, como vacaciones o una mudanza.

Todas las familias pasan por este tipo de situaciones en algún momento u otro. Si pone su casa "a prueba de niños" eliminará o reducirá las probabilidades de que se produzcan percances domésticos, de tal modo que, incluso si usted se distrae momentáneamente, por ejemplo, por el timbre del teléfono ó la puerta, es menos probable que su hijo encuentre situaciones en que se haga daño.

En las siguientes páginas encontrará consejos para reducir al mínimo los peligros que pueden acechar a su hijo tanto dentro como fuera de casa. No pretendemos asustarle, sino alertarle sobre ciertos riesgos —muy especialmente sobre aquellas situaciones aparentemente inofensivas— para que usted pueda tomar las precauciones pertinentes a fin de garantizar la seguridad de su hijo y, al mismo tiempo, darle la libertad que necesita para crecer sano y feliz.

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