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Niños, enfado, agresión y mordiscos

Todos nos enfadamos o tenemos deseos de agredir a alguien de vez en cuando. A los niños les pasa lo mismo. Estos impulsos son normales y hasta saludables. Durante la primera infancia y la etapa preescolar es normal que un niño no tenga el autocontrol necesario para expresar su enfado de forma pacífica. En lugar de controlarse, es probable que explote y que llegue a pegar o morder en señal de frustración. Cuando esto ocurre, su hijo o hija, necesita que usted tome el control y le ayude a adquirir el sentido común, la autodisciplina y otras herramientas necesarias para expresar sus sentimientos de forma aceptable.

Aunque es normal que un niño tenga algún arranque de vez en cuando, no es normal que tenga frecuentes ataques de rabia en los que intente agredir a los demás o lastimarse a sí mismo. La mayoría de los niños se enfadan sólo cuando se les provoca. A menos que estén cansados o en tensión, generalmente se les puede distraer o consolar y lograr que olviden su enfado. Pueden llorar, argumentar o gritar, pero solo acuden a la violencia cuando se sienten muy frustrados.

Hay niños que son muy susceptibles, fáciles de ofender y que se enfadan rápidamente. Muchos de estos niños han sido tensos y marcadamente activos desde el nacimiento. Suelen ser bebés difíciles de tranquilizar y consolar. Durante la etapa preescolar muestran signos de violencia con otras niños, con adultos y hasta con animales. Suelen explotar de golpe y sin motivo aparente, son quisquillosos y están irritables constantemente. Incluso cuando hacen daño a alguien en uno de sus arranques, rara vez piden perdón, y no se sienten responsables de lo que hicieron. En lugar de ello, culpan a los demás por "hacerlos enfadar", como si así pudieran excusar su conducta.

Es posible que, si su hijo está atravesando una etapa de preocupación, cansancio o estrés, tenga este tipo de explosiones por corto tiempo. Pero, si continúa por más de unas pocas semanas, coménteselo al pediatra. Si esto se convierte en un patrón usual de conducta por más de tres meses a seis meses, debe considerarse un problema grave.

Esta forma extrema de comportamiento agresivo puede conllevar a graves problemas sociales y emocionales si no se detiene a tiempo. El niño acaba quedándose sin amigos, lo que le hace estar más tenso e irritable, y llega a perjudicarlo seriamente en su autoestima. Siempre existe el peligro de que se haga daño a sí mismo o a otros y los problemas se multiplicarán cuando entre a la escuela. A partir de este momento, su comportamiento agresivo podrá hacer que lo suspendan o expulsen de la escuela. Al tener baja la autoestima, es fácil que acabe volviéndose destructivo, abuse de las drogas y del alcohol, sea más propenso a lesiones e, incluso, intente suicidarse.

Nadie sabe cuál es la causa exacta de este trastorno de conducta. Puede depender de la constitución biológica del niño, del ambiente familiar, o de una combinación de ambos factores. En muchos casos, otros miembros de la familia se comportan de forma violenta y el ambiente familiar es tenso y estresante. Aún así, en algunos casos no es posible encontrar una explicación al comportamiento del niño.

Cómo actuar

La mejor forma de evitar que su hijo o hija se comporte de forma agresiva es brindarle, durante la primera infancia y la etapa preescolar, un ambiente familiar estable, que transmita afecto y seguridad, con una disciplina consistente y una supervisión constante. Es importante que todas las personas que lo cuidan se pongan de acuerdo sobre las normas que el niño debe respetar, y que sepan cómo reaccionar en caso de que las desobedezca. Siempre que falte a una norma importante, se le debe corregir de inmediato para que entienda exactamente lo que ha hecho mal.

Su hijo todavía tiene poco control sobre sus actos. Necesita que usted le enseñe que no puede dar patadas, pegar ni morder a los demás cuando se enfada, sino que debe expresar lo que siente mediante palabras. Es importante que aprenda a distinguir entre un insulto real y uno imaginario y entre lo que significa defender sus derechos o atacar a otros por rabia.

La mejor forma de enseñar esta lección es supervisar de cerca el comportamiento del niño cuando discuta con otros niños. Si los desacuerdos no son importantes, usted puede permanecer al margen y dejar que resuelvan el conflicto por su cuenta. Sin embargo, debe intervenir cuando lleguen a las manos y sigan peleándose incluso después de llamarles la atención, o cuando vea que alguno de ellos ha perdido el control y le está pegando o mordiendo al otro. Separe a los niños y manténgalos alejados el uno del otro hasta que se calmen. Si la pelea ha sido muy violenta, quizás convenga poner fin a la sesión de juegos. Deje en claro que no importa "quién fue el que empezó". No hay excusa que valga cuando se intenta lastimar a otro.

Ayude a su hijo a afrontar la rabia sin acudir a la violencia. Enséñele a decir "no" con firmeza y determinación, a ceder y a hacer tratos en lugar de pelearse. Con su ejemplo, enséñele que argumentar con palabras es más eficaz —y más civilizado— que utilizar la fuerza bruta. Elógielo y dígale "que ya es grande" cuando vea que usa estas tácticas en lugar de pegar, dar patadas o morder.

Controle su propia conducta delante de su hijo. Una de las mejores formas de enseñarle la "no violencia" es demostrándole que usted sabe controlarse. Si expresa su enfado de una forma serena, seguramente su hijo seguirá su ejemplo. Si le castiga, no se sienta culpable ni se disculpe. Si su hijo capta que usted se está debatiendo internamente se convencerá a sí mismo de que actuó correctamente y que fue usted quien hizo "mal". Aunque castigar a un hijo no es agradable, es parte necesaria del hecho de ser padre y no es motivo para sentirse culpable. Su hijo debe saber cuándo hace mal para poder responsabilizarse de sus actos y asumir las consecuencias.

Cuándo acudir al pediatra

Si su hijo o hija lleva varias semanas comportándose de forma más agresiva de lo usual, y usted no sabe cómo afrontar la situación, consulte al pediatra. Otras señales de alarma son:

  • Se lesiona a sí mismo o lesiona a los demás (marcas de dientes, moretones, arañazos, golpes en la cabeza).
  • Le agrede a usted o a otros adultos.
  • Lo mandan a casa de la escuela o sus compañeros lo sacan del juego.
  • Usted teme por la seguridad de quienes se relacionan con él.

El síntoma más alarmante es la frecuencia de las explosiones. A veces, los niños con trastornos de conducta pueden pasar hasta una semana sin tener ningún incidente, e incluso pueden ser encantadores durante ese período, pero pocos pueden pasar un mes entero sin meterse en problemas.

Su pediatra le puede sugerir formas de disciplinar a su hijo y determinar si realmente tiene o no un trastorno de conducta. De ser así, usted no podrá resolver el problema por su cuenta y lo más probable es que se les refiera a un profesional de salud mental.

El pediatra o el profesional de salud mental los entrevistará a ambos y probablemente observe al niño en diversas situaciones (en casa, en la guardería, relacionándose con adultos y con otros niños). Es posible que les recomiende un programa de modificación de conducta. No todos los métodos funcionan en todos los casos, por lo que es probable que tenga que probar diversas técnicas y pasar por varias evaluaciones. En cuanto encuentren varias formas de fomentar la conducta deseada e inhibir la conducta no deseada, podrán utilizarlas para establecer un enfoque que funcione fuera y dentro del hogar. El progreso puede ser lento, pero este tipo de programas suele tener éxito si se inicia justo cuando el trastorno empieza a manifestarse.

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