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Disciplina del niño en el segundo año

Tener un niño de entre uno y dos años es una experiencia un tanto humillante. Antes de que naciera su hijo, o incluso cuando sólo era un bebé, era fácil observar a distancia a los hijos de los demás cuando tenían una rabieta y decir: "Mi hijo nunca se portará así". Sin embargo, ahora podrá comprobar que cualquier niño se puede salir de sus casillas sin motivo aparente. Usted puede guiar a su hijo y enseñarle lo correcto. Sus enseñanzas influirán sobre él, pero no puede forzarlo a actuar exactamente como usted quiere. Por lo tanto, afronte la realidad: habrá veces en que el niño insoportable a quien se dirigen todas las miradas será precisamente el suyo.

A esta edad, los niños tienen una idea muy limitada de lo que significan las palabras "bueno" y "malo", y no captan por completo los conceptos de reglas y de advertencias. Usted le puede decir "Si le tiras la cola al gato, te va a arañar", pero para él eso no tiene ningún sentido. Hasta la frase "Sé bueno con el gatito" puede no parecerle lo suficientemente clara. Por lo tanto, cuando a su hijo le da por correr hacia la calle o cuando rechaza el beso de su abuela, no se está portando mal a propósito, ni su comportamiento indica que usted ha fracasado como madre o padre. Simplemente, se comporta siguiendo los impulsos del momento. Harán falta largos años de disciplina firme pero amable para que logre entender lo que usted espera de él y sepa autocontrolarse para colmar tales expectativas.

Mucha gente identifica la disciplina con el castigo. Aunque el castigo puede formar parte de la disciplina, el amor constituye una parte mucho más importante de la misma. Querer a su hijo y velar por su integridad física y su bienestar constituyen el núcleo de la relación que mantiene con él y desempeñan un papel muy importante en la modulación de su comportamiento. El amor y el respeto que usted trasmita le enseñarán a su hijo a preocuparse de los demás y de sí mismo. Su propio ejemplo diario de honestidad, responsabilidad y confianza le enseñará a su hijo a ser honesto, responsable y digno de confianza. Así mismo, si usted da un buen ejemplo a la hora de distinguir ente el bien y el mal, le servirá de modelo de autodisciplina cuando sea mayor. En otras palabras, si usted quiere que su hijo se porte bien con usted y con los demás, deberá portarse del mismo modo con él.

Si llevara la cuenta, lo ideal sería que sus muestras de afecto superaran a los castigos y las críticas. Un abrazo o un beso rápido o hasta una discusión bien intencionada sirven para trasmitirle a su hijo lo mucho que lo quiere. En aquellos días en que su hijo mete las narices absolutamente en todo y usted tiene que reprenderlo constantemente, asegúrese de que es capaz de "cambiar de actitud" cuando el niño se porte bien, dándole un beso y diciéndole que ha hecho algo bueno. Especialmente durante su segundo año de vida, a su hijo le importará mucho complacerle. Por lo tanto, el elogio y la atención se convertirán en recompensas muy poderosas para motivarlo a obedecer las normas razonables que usted haya fijado para él.

Es importante que tenga expectativas realistas sobre el comportamiento de su hijo basadas en el temperamento y la personalidad del niño y no en sus propias fantasías. Es posible que sea mucho más activo y mucho más curioso de lo que usted habría deseado, pero el insistir en que se pase largas horas encerrado en el corral o sentado en la silla de comer sólo conseguirá que se vuelva más reticente y esté más frustrado.

Incluso aunque su hijo sea un niño "modelo", le debe enseñar qué espera de él. Por muy obvio que a usted le parezca, él no sabrá automáticamente que no está bien comer tierra, cruzar solo la calle halarle el pelo a otro niño. Y no bastará con decírselo una vez para que aprenda la lección. Tendrá que aprender por ensayo-error (a menudo, varios errores) para asimilar la norma.

Otro aviso importante. Si empieza a exigirle demasiado a su hijo desde tan pronto, usted acabará frustrada y él dolido y agobiado. Por lo tanto, haga la vida más agradable para ambos estableciendo prioridades y definiendo sus normas poco a poco. Dé prioridad a las normas que velen por la seguridad de su hijo, así como a las que prohiben pegar, morder o dar patadas. En cuanto su hijo domine estas normas, podrá introducir las que se refieran a conductas impropias, tales como gritar en público, tirar la comida al suelo, garabatear en las paredes o quitarse la ropa en momentos o sitios inadecuados. Más vale que deje los detalles más sutiles de la buena educación para dentro de unos cuantos años. Pedirle a un niño de dieciocho meses que sea amoroso con su abuela cuando se muere de ganas por salir a jugar al jardín, es pedirle demasiado.

A esta edad, puesto que su hijo todavía no entiende todo lo que le dicen, conviene eliminar al máximo las tentaciones. Su hijo necesita libertad para explorar. Sembrar la casa de zonas prohibidas le privará de esa libertad y creará más restricciones de las que es capaz de asimilar. También le frustrará. Por lo tanto, aunque usted no puede deshacerse del horno, sí puede colocar la vajilla o las plantas en un lugar al que su hijo no tenga acceso.

Para evitar comportamientos no deseados, preste especial atención a su hijo cuando esté cansado, hambriento, enfermo o cuando esté en un lugar desconocido, en otras palabras, cuando tenga más probabilidades de sentir estrés. Intente también que la rutina diaria sea lo más flexible posible, para que su hijo no se sienta demasiado presionado. Si los dos están en el supermercado a la hora en que le toca hacer la siesta, no le extrañe que tenga una de sus rabietas.

A pesar de todos sus esfuerzos, su hijo violará a veces algunas de las normas principales. Cuando esto ocurra, hágaselo saber, transmitiéndole su desagrado con la expresión facial y el tono de voz y, después, llévelo a otro sitio. A veces, con esto bastará, pero con la misma frecuencia será preciso tomar otras medidas. Es mejor que desde ahora decida cómo va a reaccionar en esas circunstancias. De lo contrario, cuando su hijo crezca y actúe con malicia, será más fácil que usted pierda el control y que haga algo que después lamentará.

He aquí un importante pacto que debe hacer consigo mismo. Nunca aplique un castigo que pueda perjudicar física o emocionalmente a su hijo. Indicarle que ha hecho algo malo, no significa tener que hacerle daño. Dar bofetadas, pegar, ridiculizar o gritar a un niño de cualquier edad hace más mal que bien. Éstos son algunos de los argumentos en que se basa esta afirmación:

  1. Aunque es posible que el castigo físico frene la mala conducta momentáneamente, también transmite la idea de que es correcto pegar y gritar a cuando uno está molesto o enfadado. Piense en la madre abofeteando a su hijo mientras le grita: "Te dije que no le pegaras a nadie". Absurdo, ¿verdad? Pero también es trágicamente habitual y tiene consecuencias igualmente trágicas: los niños a quienes se les pega a menudo suelen acabar pegando a los demás.
  2. Los castigos físicos pueden hacerle mucho daño a un niño. Si una nalgada no parece surtir efecto, muchos padres pegan más y más fuerte conforme se sienten más frustrados y enfadados.
  3. El castigo físico hace que el niño se enfade con el padre. Por lo tanto, en lugar de fomentar la autodisciplina, aumenta las probabilidades de que el niño intente desquitarse volviéndose a portar mal pero sin dejarse sorprender.
  4. Los castigos físicos permiten que el niño reciba una forma muy extrema de atención. Aunque sean desagradables —y hasta dolorosos— le transmiten al niño el mensaje de que captó interés. Si el padre o la madre suelen estar demasiado ocupados para prestarle atención a su hijo, este tipo de castigos pueden fomentar, en lugar de frenar, la mala conducta.

Por lo tanto, si ni gritar ni pegar es recomendable, ¿qué enfoque debemos adoptar? Por difícil que sea, la mejor forma de reaccionar ante el mal comportamiento de un niño tan pequeño es aislarlo durante un período de tiempo breve. Sin atención, sin juguetes, sin diversión. Esta estrategia, conocida como "pausa obligada", consiste en lo siguiente:

  1. Usted le ha dicho a su hijo que no abra la puerta del horno, pero él se empeña en seguir haciéndolo.
  2. Sin levantar la voz, vuélvale a decir con firmeza: "No. No abras la puerta del horno", y cargúelo de espaldas a usted.
  3. Vacíe el corral y métalo dentro. Después, abandone la habitación.
  4. Espere un minuto o dos, o hasta que deje de llorar, antes de volver a su habitación.

El fundamento de esta técnica —o de cualquier otra forma de disciplina— es la consistencia y la tranquilidad. Por muy difícil que sea, intente reaccionar inmediatamente cada vez que su hijo se salte una norma importante, pero no se deje dominar por el enfado. Si usted es como la mayoría de los padres, no lo conseguirá el cien porciento de las veces. De todos, modos, un desliz ocasional no lo va a echar todo a perder. Lo importante es que intente ser lo más consistente posible.

Cuando sienta que está empezando a perder el control, respire profundamente, cuente hasta diez y, si es posible, pida a otra persona que se haga cargo del niño mientras usted sale de la habitación. Dígase a sí mismo que usted es el adulto y que debería ser más sensato que un niño de pequeño. Usted sabe que a esta edad su hijo no trata de fastidiarlo o avergonzarlo a propósito, por lo que más vale que deje su ego a un lado. A fin de cuentas, cuanto más disciplinado sea usted consigo mismo, más éxito tendrá a la hora de impartir disciplina a su hijo.

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