Bebe y niños

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Desarrollo social del niño de los dos a los tres años

Por naturaleza, los niños de esta edad suelen estar muy preocupados con sus propias necesidades y hasta pueden actuar de forma egoísta. A menudo se niegan a compartir algo que les interesa e interactúan poco con otros niños, incluso cuando están jugando uno al lado de otro, a menos que uno quiera jugar con algo que tiene otro. Habrá veces en que el comportamiento social de su hijo llegará a molestarle, pero si observa atentamente, se dará cuenta de que los demás niños de su grupo de juegos probablemente se comportan del mismo modo.

A los dos años, un niño ve el mundo casi exclusivamente a través de sus necesidades y deseos. Puesto que aún no es capaz de entender cómo se sienten los demás en la misma situación, asumen que todo el mundo piensa y siente exactamente igual que ellos. Y, cuando se dan cuenta de que están equivocados, tal vez no son capaces de controlarse. Por este motivo, no tiene demasiado sentido que usted intente influir sobre el comportamiento de su hijo con preguntas como: "¿Qué sentirías si te lo hicieran a ti"? Guárdese este tipo de comentarios para cuando su hijo tenga unos siete años; entonces estará preparado para entender lo que piensan y sienten otras personas y para actuar teniéndolo en cuenta.

Puesto que su hijo o hija está tan centrado en sí mismo, es posible que a usted le preocupe que esté demasiado mimado o que pueda llegar a perder el control. Es muy posible que, sus temores sean infundados y que esta fase pase con el tiempo. Los niños muy activos y agresivos, que empujan y se imponen a los demás, suelen ser tan "normales" como los niños callados y tímidos que nunca parecen exteriorizar sus sentimientos ni pensamientos.

Paradójicamente, a pesar de lo centrado que está en sí mismo, muchos de sus juegos los dedicará a imitar los gestos y las actividades de otras personas. Imitar y "hacer de cuenta" son los juegos favoritos de los niños de esta edad. Por lo tanto, cuando su hijo de dos años acueste a su osito de peluche o dé de comer a un muñeco, es posible que le oiga utilizar exactamente las misma palabras y el tono de voz que usa usted cuando le dice que es hora de acostarse o que se coma la verdura. Por mucho que su hijo se resista a seguir sus instrucciones en otras ocasiones, cuando adopta el papel de padre, ¡le imita a la perfección! Los juegos de simulación permiten que los niños se hagan una idea de cómo se siente uno en el papel de otro, lo que constituye un buen entrenamiento para sus futuros intercambios sociales. También permiten que usted se dé cuenta de lo importante que es ser un buen modelo, al comprobar que los niños suelen hacer lo que hacen los adultos, no lo que éstos predican.

La mejor forma de que su hijo aprenda a relacionarse con la demás gente es darle muchas oportunidades para que vaya "ensayando". Por lo tanto, no permita que su comportamiento relativamente antisocial le desanime hasta el punto de dejar de llevarlo a jugar con otros niños. Al principio, puede ser sensato limitar la cantidad de niños que integran el grupo a sólo dos o tres. Y, aunque usted tendrá que supervisar sus actividades de cerca para que ninguno se haga daño o se enoje demasiado, debe dejar que jueguen a su manera lo máximo posible. Lo que necesitan es aprender a jugar unos con otros, no con los padres de otros.

Hitos sociales hacia el final de este período

  • Imita el comportamiento de los adultos y de sus compañeros de juego.
  • Manifiesta afecto espontáneamente hacia sus compañeros de juegos habituales.
  • Es capaz de esperar su turno en un juego.
  • Entiende los conceptos de "mío" y "tuyo".

Mantener a raya las rabietas

La frustración, el enfado y las rabietas son inevitables en cualquier niño de dos años. Como padre, debe permitir que su hijo exteriorice sus emociones, pero, al mismo tiempo, debe ayudarle a expresar su enfado de formas que no sean violentas ni abiertamente agresivas. He aquí algunas sugerencias:

  1. Cuando vea que su hijo se está empezando a enfadar, intente dirigir su atención y su energía hacia una actividad distinta y más aceptable.
  2. Si no consigue distraerlo, ignórelo. Cada vez que usted reacciona ante cualquiera de las explosiones de su hijo, no hace otra cosa que recompensar un comportamiento negativo dedicándole más atención. Hasta reñirlo, castigarlo o intentar razonar con él pueden fomentar la conducta no deseada.
  3. Si están en un lugar público y el comportamiento de su hijo le avergüenza, limítese a sacarlo de allí sin discutir ni hacer demasiados aspavientos. Espere a que el niño se calme antes de reanudar sus actividades.
  4. Si la rabieta implica pegar, morder o cualquier otro comportamiento que pueda lastimar a alguien, usted no puede ignorarlo. Pero reaccionar de un forma exagerada tampoco le servirá de nada. En lugar de ello, dígale a su hijo inmediatamente, con claridad y voz calmada, que no debe comportarse así, lléveselo y déjelo a solas durante unos minutos. A esta edad los niños no pueden entender explicaciones complicadas; por lo tanto, no intente razonar con él. Basta con que se asegure de que entiende qué es lo que ha hecho mal y le imponga el castigo que merece inmediatamente. Si deja que pase una hora, su hijo no relacionará el castigo con "el crimen cometido".
  5. No utilice nunca los castigos físicos para disciplinar a un niño. Al hacerlo, le trasmitirá el mensaje de que la agresión es una forma adecuada de responder cuando las cosas no son como uno habría deseado.
  6. Controle lo que su hijo o hija ve por televisión. Los preescolares pueden comportarse de forma más agresiva si ven programas violentos por televisión.

Hiperactividad

Desde el punto de vista de un adulto, muchos niños de dos años son "hiperactivos". Pero, es perfectamente normal que un niño de esta edad prefiera correr, saltar y encaramarse a todas partes que andar despacio o estarse sentado tranquilamente. También es posible que hable tan deprisa que cueste entenderlo, y es posible que a usted le preocupe su corto margen de atención. Tenga paciencia. Lo más probable es que este exceso de energía vaya remitiendo conforme su hijo se aproxime a la edad escolar.

Mientras el nivel de actividad de un niño sea elevado, tendrá más sentido que sean los padres los que intenten adaptarse a él que forzar al niño a que baje el ritmo y se tranquilice. Si su hijo es "un terremoto", modifique sus expectativas en consonancia. No espere que se esté quieto en una largo reunión comunitaria o en un restaurante. Si se lo lleva de compras, prepárese a ir al ritmo de su hijo, no al suyo. En general, evite colocarlo en situaciones que lo hagan sentirse recluido, en las que probablemente ambos acaben frustrados. Déle muchas oportunidades para que "queme" su exceso de energía participando en juegos que impliquen correr, saltar, trepar, patear o lanzar pelotas.

Sin una guía firme, la energía de un niño muy activo puede transformarse fácilmente en un comportamiento agresivo o destructivo. Para evitarlo, establezca normas claras y sensatas y aplíquelas consistentemente. También puede fomentar un comportamiento más calmado elogiando a su hijo cuando juegue tranquilamente o se pase más de unos pocos minutos seguidos mirando un libro. También puede ser efectivo de mantener las rutinas de la comida, el baño, la siesta y la hora de acostarse lo más regulares posible, para que el día del niño esté claramente estructurado.

Un número reducido de niños en edad preescolar tienen problemas de hiperactividad y déficit de atención que persisten más allá de la etapa preescolar. Estos problemas sólo requerirán un tratamiento especial en el caso de que interfieran con el rendimiento académico o con las relaciones sociales del niño. Si usted sospecha que su hijo tiene dificultades en estos ámbitos, pídale al pediatra que lo evalúe para saber si existe un problema que requiera intervención médica.

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