Bebe y niños

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Chuparse el dedo

No se preocupe por el hecho de que su hijo o hija empiece a chuparse el pulgar o algún otro dedo. Se trata de un hábito muy común en los bebés y que tiene un efecto calmante y relajante. Algunos expertos afirman que nueve de cada diez niños se chupan el dedo en algún momento durante los primeros meses de vida. En gran parte es una manifestación de los reflejos normales de búsqueda y de succión que tienen todos los lactantes. De hecho, hay pruebas de que los bebés se chupan el pulgar y otros dedos incluso antes de nacer, y algunos presentan esta conducta inmediatamente después del parto.

Puesto que la succión es un reflejo normal, chuparse el pulgar o algún otro dedo puede considerarse un hábito completamente normal. Sólo debe ser motivo de preocupación si se prolonga durante demasiado tiempo o si la persistencia del hábito empieza a deformar la boca o la alienación de los dientes del bebé. Más de la mitad de los niños que se chupan el pulgar dejan de hacerlo alrededor de los seis o siete meses de edad. A veces, los niños pequeños, sobre todo cuando se sienten más vulnerables, se chupan el pulgar de forma ocasional incluso hasta los ocho años de edad. Chuparse el pulgar consistentemente después de cumplir cinco años puede provocar alteraciones estructurales en el paladar o en la alineación de los dientes. Es en este momento es cuando usted y el dentista del niño podrían empezar a preocuparse. También es cuando a su hijo le pueden empezar a afectar los comentarios hirientes de sus compañeros de juego, hermanos y parientes. Si esto le preocupa, consulte al pediatra.

Tratamiento

Antes de iniciar cualquier tratamiento, es importante descartar la posibilidad de que la persistencia del hábito se deba a problemas graves de carácter emocional o relacionados con el estrés. Así mismo, su hijo debe querer erradicar el hábito y participar de lleno en el tratamiento. Estos tratamientos suelen estar diseñados para aquellos niños que siguen chupándose el dedo después de los cinco años.

Las técnicas que se suelen utilizar en estos casos empiezan con recordatorios suaves sobre todo durante las horas de vigilia. Sus amigos o familiares pueden sugerirle que le dé un chupete al niño, pero no hay pruebas de que esto sirva de nada, ya que lo único que se consigue es substituir un hábito de succión por otro.

Si estos recordatorios no surten efecto y su hijo sigue queriendo erradicar el hábito, es posible que el pediatra le recomiende utilizar algún estímulo "aversivo" (desagradable) que le recuerde al niño que no debe chuparse el dedo en cuanto empiece o vaya a hacerlo. A tal efecto, se puede impregnar el dedo de una sustancia amarga, cubrirlo con una tirita o con un capuchón (un cilindro de plástico ajustable) o bien colocarle un dispositivo en el codo que le impida doblarlo para que no se pueda acercar el dedo a la boca. De todos modos, antes de utilizar cualquiera de estos métodos, se los debe explicar a su hijo. Si le provoca ansiedad o tensión excesivas, debe interrumpir el tratamiento. En algunos casos muy raros en que el hábito de chuparse el dedo está provocando graves alteraciones en la alienación de los dientes y las técnicas descritas no parecen surtir efecto, algunos dentistas optan por colocar un aparato en la boca del niño que no permite que el pulgar o cualquier otro dedo ejerza presión sobre el paladar o los dientes. De hecho, la colocación de este aparato hace que el hecho de meterse el dedo en la boca resulte tan incómodo que los niños suelen dejar de intentarlo.

Tenga presente que su hijo podría ser uno de los pocos niños que, por uno u otro motivo, parecen incapaces de dejar de chuparse el dedo. Lo más seguro es que la mayoría de estos niños dejen de chuparse el dedo durante las horas de vigilia en cuanto empiezan a ir a la escuela. Esto se debe a la presión del grupo. Es posible que estos mismos niños sigan chupándose el dedo para conciliar el sueño o para calmarse cuando están muy nerviosos. De todos modos, aparte de que generalmente lo harán cuando no los vean nadie, esto no les puede hacer ningún daño, ni emocional ni físico. Presionar demasiado a un niño para frenar este tipo de conductas probablemente le hará más mal que bien, e incluso estos niños, tarde o temprano, suspenden el hábito por si mismos.

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